5 de julio - San Atanasio el Atonita.
Abad.
Martirologio Romano: En el monte Athos, san Atanasio, hegúmeno, humilde
y pacífico, que estableció la vida cenobítica en la Gran
Laura (c. 1004).
Etimológicamente: Atanasio = Aquel que no puede
no puede morir, es de origen griego.
El Monte Athos, o sea el pico oriental del
triple promontorio con que la península Calcídica penetra en el
Mar Egeo, ha sido durante mil años el principal centro
del monaquismo bizantino. Esa "república monástica", como se la ha
llamado, no está en comunión con la Santa Sede desde
hace muchos siglos Pero, a los comienzos de su organización
y en los siglos anteriores, cuando el Monte Athos estaba
poblado por pequeñas colonias de ermitaños, constituía un centro de
ortodoxia católica en un sentido diferente del actual. Quien organizó
el conjunto de monasterios en el Monte Athos, fue San
Atanasio. Nació en Trebizonda, hacia el año 920. Era hijo
de un antioqueño y recibió en el bautismo el nombre
de Abraham. Hizo sus estudios en Constantinopla, donde; llegó a
ser profesor. Cuando ejercía en dicha ciudad el oficio de
maestro, conoció a San Miguel Maleinos y a su sobrino
Nicéforo Focas. Este último había de convertirse en su protector,
al ocupar el trono imperial. Abraham tomó el hábito en
el monasterio que San Miguel gobernaba en Kimina de Bitinia
y recibió el nombre de Atanasio. Ahí vivió hasta el
año 958, más o menos. El monasterio de Kimina era
una "laura", es decir, una serie de celdas aisladas, construidas
alrededor de una iglesia.
Cuando murió San Miguel Maleinos, Atanasio,
previno que iban a elegirle abad, y huyó al Monte
Athos. Ahí le reservaba Dios una responsabilidad todavía más pesada
que el cargo de abad que había rehuido.
Con las ropas de un rudo campesino y con el
nombre de Doroteo, San Atanasio se retiró a una celda
en los alrededores de Kairés. Pero su amigo Nicéforo Focas
no tardó en descubrirle. El emperador Nicéforo que estaba a
punto de emprender una expedición contra los sarracenos, pidió a
Atanasio que le acompañase a Creta a organizaría y que
le apoyase en la empresa con su bendición y oraciones.
(Como es bien sabido, los contemplativos son con frecuencia grandes
hombres de acción, lo cual, por lo demás, no tiene
nada de extraño). Atanasio, venciendo su repugnancia a volver al
mundo, acompañó a su amigo. Después de la victoria de
la expedición, Atanasio pidió permiso al emperador para retirarse de
nuevo al Monte Athos. Nicéforo Focas se lo concedió, pero
no sin haberle regalado una importante suma para que fundase
un monasterio. El santo construyó el primer monasterio propiamente dicho
en el Monte Athos, a comienzos del año 961 y
la iglesia dos años más tarde. San Atanasio dedicó el
monasterio a la Santísima Madre de Dios; pero actualmente se
le conoce con el nombre de "San Atanasio", o simplemente
de "Laura", es decir, el Monasterio.
Temiendo que
el emperador le llamase a la corte, San Atanasio se
refugió en Chipre para huir de los honores y cargos.
Pero Focas, que descubrió nuevamente su escondite, le dijo que
volviese a gobernar en paz su monasterio y le dio
más dinero para que construyese el puerto de Athos. Adoptando
para su monasterio el sistema de las "lauras", San Atanasio,
que no estaba de acuerdo con las ideas monásticas de
San Basilio y San Teodoro el Estudita, volvió en cierto
sentido a la tradición monástica de Egipto. Los monjes de
San Atanasio debían alejarse del mundo lo más posible. (Aun
actualmente los monjes del Monte Athos, por regla general, "rompen
todo lazo con el mundo"). San Atanasio tuvo muchas dificultades
con los solitarios que ocupaban desde antiguo el Monte Athos
y consideraban, no sin razón, que la precedencia les daba
ciertos derechos de ocupación; dichos solitarios veían con malos ojos
la construcción de monasterios, iglesias puertos y se oponían a
las reglas que San Atanasio quería imponerles. El santo estuvo
a punto de ser asesinado en dos ocasiones. Sabiendo e
la violencia es capaz de corromper la mejor de las
causas, el emperador Juan Tzimesces intervino, confirmó las donaciones que
había hecho Nicéforo Focas, prohibió la oposición a San Atanasio
y reconoció su autoridad sobre todo el territorio y los
habitantes del Monte Athos. En esa forma, el santo quedó
constituido en superior general de cincuenta y ocho comunidades de
ermitaños y monjes, además de los monasterios de Ivirón, Vatopedi
y Esfigmenú, que él mismo fundó y que se conservan
todavía. San Atanasio murió hacia el año 1000, a consecuencia
del derrumbamiento de la bóveda de la iglesia en la
que se hallaba trabajando con otros cinco monjes. El nombre
de "Atanasio el lauriota" o "Atanasio de Trebizonda" se menciona
en la preparación de la liturgia bizantina.
Fuente: http://www.es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=42510
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viernes, 27 de junio de 2014
5 de julio - Santa Marta.
5 de julio - Santa Marta.
Laica.
Martirologio Romano: En el monte Admirable, en Siria, santa Marta, madre de san Simeón Estilita el Joven (551)
Etimológicamente: Marta = Señora, es de origen arameo.
Nacida en Antioquía a inicios del siglo VI, Marta, aunque en su juventud había hecho un voto de virginidad, contrajo matrimonio con Juan, originario de Edesa, por obediencia a sus padres y por una revelación durante un sueño, en la que San Juan Bautista le anunciaba el nombre que tendría el hijo que nacería de ella.
Habiendo muerto su marido, ella se dedicó con celo a la formación cristiana de su hijo Simeón, nacido alrededor del año 517, quien llegó a ser muy conocido por su vida y actividades en una montaña conocida con el nombre de Monte de Maravillas cerca de Antioquía.
Un siglo después, un autor, probablemente un monje del convento de San Simeón, escribió una Biografía de Marta que supera, en imaginarias maravillas, a la Biografía de su propio hijo que aparecerá posteriormente. Dicho escrito es sobre todo rico en lugares comunes sobre sus virtudes, de continuas apariciones de san Juan Bautista y de ángeles, además de relatar numerosos milagros. El autor hace realizar a la santa acciones inverosímiles y además la presenta portando una cruz a la cabeza de la procesión realizada cuando su hijo se instaló oficialmente sobre su columna.
Un ángel le anunció, con un año de antelación, la fecha de su muerte, ella se lo comunicó a Simeón y le pidió ser enterrada en el cementerio para los extranjeros situado en Daphne, cerca de Antioquía. Murió el 5 julio de 551 y para sus funerales se respetó su voluntad.
Cuando Simeón se enteró de la muerte de su madre, mandó a exhumar su cuerpo, y lo hizo enterrar en el ábside de la Iglesia de la Santísima Trinidad a la derecha de su columna. Pero Marta se le apareció para pedirle le construya un sepulcro en la parte meridional de la iglesia, dónde fue construida una capilla a la que fue trasladado el cuerpo con gran solemnidad y dónde ocurrieron muchos milagros.
Reproducido con autorización de Santiebeati.it
Fuente: http://www.es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=42515
Laica.
Martirologio Romano: En el monte Admirable, en Siria, santa Marta, madre de san Simeón Estilita el Joven (551)
Etimológicamente: Marta = Señora, es de origen arameo.
Nacida en Antioquía a inicios del siglo VI, Marta, aunque en su juventud había hecho un voto de virginidad, contrajo matrimonio con Juan, originario de Edesa, por obediencia a sus padres y por una revelación durante un sueño, en la que San Juan Bautista le anunciaba el nombre que tendría el hijo que nacería de ella.
Habiendo muerto su marido, ella se dedicó con celo a la formación cristiana de su hijo Simeón, nacido alrededor del año 517, quien llegó a ser muy conocido por su vida y actividades en una montaña conocida con el nombre de Monte de Maravillas cerca de Antioquía.
Un siglo después, un autor, probablemente un monje del convento de San Simeón, escribió una Biografía de Marta que supera, en imaginarias maravillas, a la Biografía de su propio hijo que aparecerá posteriormente. Dicho escrito es sobre todo rico en lugares comunes sobre sus virtudes, de continuas apariciones de san Juan Bautista y de ángeles, además de relatar numerosos milagros. El autor hace realizar a la santa acciones inverosímiles y además la presenta portando una cruz a la cabeza de la procesión realizada cuando su hijo se instaló oficialmente sobre su columna.
Un ángel le anunció, con un año de antelación, la fecha de su muerte, ella se lo comunicó a Simeón y le pidió ser enterrada en el cementerio para los extranjeros situado en Daphne, cerca de Antioquía. Murió el 5 julio de 551 y para sus funerales se respetó su voluntad.
Cuando Simeón se enteró de la muerte de su madre, mandó a exhumar su cuerpo, y lo hizo enterrar en el ábside de la Iglesia de la Santísima Trinidad a la derecha de su columna. Pero Marta se le apareció para pedirle le construya un sepulcro en la parte meridional de la iglesia, dónde fue construida una capilla a la que fue trasladado el cuerpo con gran solemnidad y dónde ocurrieron muchos milagros.
Reproducido con autorización de Santiebeati.it
Fuente: http://www.es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=42515
5 de julio - San Antonio María Zacarías.
5 de julio - San Antonio María Zacarías.
Sacerdote y Fundador.
Martirologio Romano: San Antonio María Zaccaria, presbítero, fundador de la Congregación de los Clérigos Regulares de San Pablo o Barnabitas, para la reforma de las costumbres de los fieles cristianos, y que voló al encuentro del Salvador en Cremona, ciudad de la Lombardía (1539).
Etimológicamente: Antonio = Aquel que es digno de estima, es de origen latino.
Nació en Cremona (Italia) el año 1502 y murió en la misma ciudad el 5 de julio de 1539. Basta la escueta indicación de estas fechas para comprender la trascendencia que, para la vida de la Iglesia, tuvieron los días que vivió Antonio María Zacarías. Inquietud y aspiración de reforma, ansias de renovación por caminos no siempre gratos a la jerarquía eclesiástica, miedo pusilánime en unos y excesos imprudentes en no pocos, definen el clima en el que debía germinar la semilla de un nuevo reformador santo, entre otros que, como San Cayetano de Thiene y San Ignacio de Loyola, produjo la Iglesia católica en el siglo XVI. Reformador, santo y, además añadimos, precursor del gran San Carlos Borromeo en la elevación espiritual de la diócesis de Milán.
Antonio María fue obra de la gracia, que comenzó por materializarse en el regalo de una piadosísima madre; de su seno salió a contemplar la luz de este mundo y de sus brazos tuvo la dicha indecible de volar a contemplar la claridad de Dios. La buena Antonieta Pescaroli recibió con conciencia de responsabilidad el encargo y la confianza que la Providencia en ella depositó al darle un hijo para hacer de él un buen cristiano; por fidelidad a él, y para mejor dedicarse a su formación, rehusó la joven viuda un nuevo matrimonio. Antonio María Zacarías pudo así aprender de su madre a ser pobre para poder ser caritativo, hasta tanto que, con el fin de facilitar a ésta el ejercicio de la caridad en favor de los necesitados, renunció notarialmente a los bienes que le correspondían por herencia paterna; se nos hará, pues, natural que, como un necesitado más, solicite humilde de su madre lo indispensable para su sustento, sin permitirse jamás nada que pueda parecer superfluo o lujoso; para Antonio María supondría ello privar a otros de lo necesario para vivir.
Quiso prepararse por el estudio de la medicina para ser un ciudadano útil a sus hermanos los hombres. Pero el Señor le quería escoger para curar dolencias de otra índole. En los años de estudiante la piedad y amor a la Santísima Virgen, a quien había consagrado su virginidad, sostuvo firme su propósito de virtud y su espíritu de caritativo servicio a los hermanos, que fue poco a poco transformándose en el deseo de ser sacerdote. Pero, a pesar de que la decadencia de las costumbres, aun en el clero, hiciera a sus contemporáneos poco respetable la dignidad sacerdotal, supo él descubrir la grandeza de la misión del sacerdote, a la vez que la profundidad de su indignidad, de manera que sólo por el prudente consejo de su director espiritual se decidiera a entrar por el camino del sacerdocio.
En una época en que la Reforma de la Iglesia aspiraba no solamente a la purificación de las costumbres, sino a la consolidación de la doctrina, no bastaba ser virtuoso para responder a las exigencias que su tiempo tenía, consciente o inconscientemente, respecto de los sacerdotes. Hacía falta doctrina sólida inspirada precisamente en las fuentes puras de la revelación, en la Sagrada Escritura. Visto desde la perspectiva del siglo XX, nos parece sumamente moderno y actual el esfuerzo puesto por Antonio María Zacarías, estudiante para el sacerdocio, de llegar a la comprensión de la doctrina católica, en la teoría y en el espíritu de San Pablo, a través de sus preciosas epístolas. Libertad y gracia, virginidad y cuerpo místico, locura por Cristo crucificado y desprecio de las realidades terrestres, son unos de los muchos temas en los cuales se fue empapando el futuro apóstol y reformador, cuya íntima preocupación no fue otra que la de reproducir la imagen del apóstol Pablo, gran enamorado de Cristo.
Once años escasamente fue Antonio María sacerdote; pero los santos saben vivir con intensidad su tiempo, y así debió vivirlo quien en tan poco tiempo mereció ser llamado por su bondad y caridad, por su prudencia y celo, el "Ángel de Cremona" y el "Padre de la Patria". Su madre le enseñó a compadecer y a aliviar el sufrimiento ajeno, y, ordenado sacerdote, no tuvo que hacer otra cosa que seguir la misma trayectoria, poniendo al servicio de sus hermanos el gran don del sacerdocio, que fue en él luz, mortificación, amor.
En un siglo de exaltación de la razón y de la cultura, y de optimismo desbordado por los valores humanos, Antonio María Zacarías luchó por llevar a los creyentes la ceguera de la fe y la locura de la cruz; la Eucaristía y la pasión fueron las devociones que con mayor ardor trató de inculcar en el pueblo cristiano, y aún perduran todavía ciertas prácticas que él introdujo, como son el recuerdo piadoso de la pasión y de la muerte del Señor al toque de las tres de la tarde de todos los viernes, y la práctica de las cuarenta horas de adoración al Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto sucesivamente en diversas iglesias para salvar la continuidad del culto.
Los santos no suelen ser guardianes egoístas de los tesoros que en ellos deposita la gracia; buscan la comunicación abundante y fecunda, en vistas a una mayor eficacia apostólica; por esto es frecuente que en torno a ellos surjan familias religiosas vivificadas por su espíritu y penetradas de su misma inquietud apostólica. Antonio María descubrió en el mundo en que la Providencia le situó, una gran indigencia; vio en su cristianismo una radiante luz que la colmara; y su vida personal, lo mismo que la de los clérigos de la Congregación de San Pablo, no será otra cosa que la dedicación a la obra de la salvación de los hermanos, en el sacrificio total de las apetencias puramente personales. Así nació en Milán esta asociación para la reforma del clero y del pueblo, que más tarde sería conocida con el nombre de los "barnabitas", por la sede en que se instalaron definitivamente a partir del año 1545. Clemente VII la aprobó en 1533. Un sacerdote y un seglar, Bartolomé Ferrari y Jacobo Morigia, fueron sus primeros colaboradores. Y no solamente en el espíritu y la doctrina quisieron estos hombres de Dios imitar a San Pablo; como éste en el foro, se lanzaron ellos a las calles de Milán, predicando, mucho más que por la preparación de su elocuencia, por la austeridad y la mortificación de la vida. No faltaron quienes se escandalizaron ante estas santas "excentricidades", acusándoles de hipócritas y aun heréticos. Se les promovió una causa ante el senado y la curia episcopal de Cremona, de la que la nueva asociación salió fortalecida, pues le valió la bula de Paulo III, quien el año 1539 puso a la nueva Congregación religiosa bajo la inmediata jurisdicción de la Santa Sede.
Con el fin de llevar el espíritu de la Reforma a las jóvenes y a las mujeres, Antonio María transformó un instituto erigido, con esta finalidad por la condesa Luisa Torrelli de Guastalla en monasterio de religiosas que tomará por nombre el de Angélicus, que fue también aprobado por Paulo III. Siguiendo fiel a su espíritu, la base de la transformación religiosa y moral la puso el fundador en la instrucción religiosa, sin la cual no puede existir una verdadera reforma. San Carlos Borromeo se sirvió de ella aun para la reforma de los monasterios, elogiándola tanto que la llamó "la joya más preciosa de su mitra".
No sería completa la reseña sobre la obra de San Antonio María Zacarías si pasáramos por alto una de sus preocupaciones que plasmó en una realización que a nosotros, hombres del siglo XX, nos parece especialmente interesante y actual. Consciente por experiencia propia de lo que la vida familiar, honradamente vivida, puede colaborar en la elevación de las costumbres privadas y públicas, creó una Congregación para los unidos en matrimonio, ordenada a la reforma de las familias.
Al echar ahora una mirada retrospectiva sobre la vida de Antonio María, canonizado el 27 de mayo de 1890 por Su Santidad el Papa León XIII, llama poderosamente la atención no sólo la abundancia de su obra, realizada en tan breve espacio de tiempo, sino también, y en mayor grado aún, la perspicacia y claridad de la visión que tuvo de los problemas, que le hizo buscar los remedios verdaderos y permanentes de todas las situaciones difíciles de la vida de la Iglesia: el estudio de la verdad, el amor de la caridad, el sacrificio por el hermano. Por esto San Antonio María Zacarías nos parece aun hoy un santo moderno, actual, capaz de iluminarnos con el resplandor de su vida y de su espíritu.
Fuente: http://www.es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=342
Sacerdote y Fundador.
Martirologio Romano: San Antonio María Zaccaria, presbítero, fundador de la Congregación de los Clérigos Regulares de San Pablo o Barnabitas, para la reforma de las costumbres de los fieles cristianos, y que voló al encuentro del Salvador en Cremona, ciudad de la Lombardía (1539).
Etimológicamente: Antonio = Aquel que es digno de estima, es de origen latino.
Nació en Cremona (Italia) el año 1502 y murió en la misma ciudad el 5 de julio de 1539. Basta la escueta indicación de estas fechas para comprender la trascendencia que, para la vida de la Iglesia, tuvieron los días que vivió Antonio María Zacarías. Inquietud y aspiración de reforma, ansias de renovación por caminos no siempre gratos a la jerarquía eclesiástica, miedo pusilánime en unos y excesos imprudentes en no pocos, definen el clima en el que debía germinar la semilla de un nuevo reformador santo, entre otros que, como San Cayetano de Thiene y San Ignacio de Loyola, produjo la Iglesia católica en el siglo XVI. Reformador, santo y, además añadimos, precursor del gran San Carlos Borromeo en la elevación espiritual de la diócesis de Milán.
Antonio María fue obra de la gracia, que comenzó por materializarse en el regalo de una piadosísima madre; de su seno salió a contemplar la luz de este mundo y de sus brazos tuvo la dicha indecible de volar a contemplar la claridad de Dios. La buena Antonieta Pescaroli recibió con conciencia de responsabilidad el encargo y la confianza que la Providencia en ella depositó al darle un hijo para hacer de él un buen cristiano; por fidelidad a él, y para mejor dedicarse a su formación, rehusó la joven viuda un nuevo matrimonio. Antonio María Zacarías pudo así aprender de su madre a ser pobre para poder ser caritativo, hasta tanto que, con el fin de facilitar a ésta el ejercicio de la caridad en favor de los necesitados, renunció notarialmente a los bienes que le correspondían por herencia paterna; se nos hará, pues, natural que, como un necesitado más, solicite humilde de su madre lo indispensable para su sustento, sin permitirse jamás nada que pueda parecer superfluo o lujoso; para Antonio María supondría ello privar a otros de lo necesario para vivir.
Quiso prepararse por el estudio de la medicina para ser un ciudadano útil a sus hermanos los hombres. Pero el Señor le quería escoger para curar dolencias de otra índole. En los años de estudiante la piedad y amor a la Santísima Virgen, a quien había consagrado su virginidad, sostuvo firme su propósito de virtud y su espíritu de caritativo servicio a los hermanos, que fue poco a poco transformándose en el deseo de ser sacerdote. Pero, a pesar de que la decadencia de las costumbres, aun en el clero, hiciera a sus contemporáneos poco respetable la dignidad sacerdotal, supo él descubrir la grandeza de la misión del sacerdote, a la vez que la profundidad de su indignidad, de manera que sólo por el prudente consejo de su director espiritual se decidiera a entrar por el camino del sacerdocio.
En una época en que la Reforma de la Iglesia aspiraba no solamente a la purificación de las costumbres, sino a la consolidación de la doctrina, no bastaba ser virtuoso para responder a las exigencias que su tiempo tenía, consciente o inconscientemente, respecto de los sacerdotes. Hacía falta doctrina sólida inspirada precisamente en las fuentes puras de la revelación, en la Sagrada Escritura. Visto desde la perspectiva del siglo XX, nos parece sumamente moderno y actual el esfuerzo puesto por Antonio María Zacarías, estudiante para el sacerdocio, de llegar a la comprensión de la doctrina católica, en la teoría y en el espíritu de San Pablo, a través de sus preciosas epístolas. Libertad y gracia, virginidad y cuerpo místico, locura por Cristo crucificado y desprecio de las realidades terrestres, son unos de los muchos temas en los cuales se fue empapando el futuro apóstol y reformador, cuya íntima preocupación no fue otra que la de reproducir la imagen del apóstol Pablo, gran enamorado de Cristo.
Once años escasamente fue Antonio María sacerdote; pero los santos saben vivir con intensidad su tiempo, y así debió vivirlo quien en tan poco tiempo mereció ser llamado por su bondad y caridad, por su prudencia y celo, el "Ángel de Cremona" y el "Padre de la Patria". Su madre le enseñó a compadecer y a aliviar el sufrimiento ajeno, y, ordenado sacerdote, no tuvo que hacer otra cosa que seguir la misma trayectoria, poniendo al servicio de sus hermanos el gran don del sacerdocio, que fue en él luz, mortificación, amor.
En un siglo de exaltación de la razón y de la cultura, y de optimismo desbordado por los valores humanos, Antonio María Zacarías luchó por llevar a los creyentes la ceguera de la fe y la locura de la cruz; la Eucaristía y la pasión fueron las devociones que con mayor ardor trató de inculcar en el pueblo cristiano, y aún perduran todavía ciertas prácticas que él introdujo, como son el recuerdo piadoso de la pasión y de la muerte del Señor al toque de las tres de la tarde de todos los viernes, y la práctica de las cuarenta horas de adoración al Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto sucesivamente en diversas iglesias para salvar la continuidad del culto.
Los santos no suelen ser guardianes egoístas de los tesoros que en ellos deposita la gracia; buscan la comunicación abundante y fecunda, en vistas a una mayor eficacia apostólica; por esto es frecuente que en torno a ellos surjan familias religiosas vivificadas por su espíritu y penetradas de su misma inquietud apostólica. Antonio María descubrió en el mundo en que la Providencia le situó, una gran indigencia; vio en su cristianismo una radiante luz que la colmara; y su vida personal, lo mismo que la de los clérigos de la Congregación de San Pablo, no será otra cosa que la dedicación a la obra de la salvación de los hermanos, en el sacrificio total de las apetencias puramente personales. Así nació en Milán esta asociación para la reforma del clero y del pueblo, que más tarde sería conocida con el nombre de los "barnabitas", por la sede en que se instalaron definitivamente a partir del año 1545. Clemente VII la aprobó en 1533. Un sacerdote y un seglar, Bartolomé Ferrari y Jacobo Morigia, fueron sus primeros colaboradores. Y no solamente en el espíritu y la doctrina quisieron estos hombres de Dios imitar a San Pablo; como éste en el foro, se lanzaron ellos a las calles de Milán, predicando, mucho más que por la preparación de su elocuencia, por la austeridad y la mortificación de la vida. No faltaron quienes se escandalizaron ante estas santas "excentricidades", acusándoles de hipócritas y aun heréticos. Se les promovió una causa ante el senado y la curia episcopal de Cremona, de la que la nueva asociación salió fortalecida, pues le valió la bula de Paulo III, quien el año 1539 puso a la nueva Congregación religiosa bajo la inmediata jurisdicción de la Santa Sede.
Con el fin de llevar el espíritu de la Reforma a las jóvenes y a las mujeres, Antonio María transformó un instituto erigido, con esta finalidad por la condesa Luisa Torrelli de Guastalla en monasterio de religiosas que tomará por nombre el de Angélicus, que fue también aprobado por Paulo III. Siguiendo fiel a su espíritu, la base de la transformación religiosa y moral la puso el fundador en la instrucción religiosa, sin la cual no puede existir una verdadera reforma. San Carlos Borromeo se sirvió de ella aun para la reforma de los monasterios, elogiándola tanto que la llamó "la joya más preciosa de su mitra".
No sería completa la reseña sobre la obra de San Antonio María Zacarías si pasáramos por alto una de sus preocupaciones que plasmó en una realización que a nosotros, hombres del siglo XX, nos parece especialmente interesante y actual. Consciente por experiencia propia de lo que la vida familiar, honradamente vivida, puede colaborar en la elevación de las costumbres privadas y públicas, creó una Congregación para los unidos en matrimonio, ordenada a la reforma de las familias.
Al echar ahora una mirada retrospectiva sobre la vida de Antonio María, canonizado el 27 de mayo de 1890 por Su Santidad el Papa León XIII, llama poderosamente la atención no sólo la abundancia de su obra, realizada en tan breve espacio de tiempo, sino también, y en mayor grado aún, la perspicacia y claridad de la visión que tuvo de los problemas, que le hizo buscar los remedios verdaderos y permanentes de todas las situaciones difíciles de la vida de la Iglesia: el estudio de la verdad, el amor de la caridad, el sacrificio por el hermano. Por esto San Antonio María Zacarías nos parece aun hoy un santo moderno, actual, capaz de iluminarnos con el resplandor de su vida y de su espíritu.
Fuente: http://www.es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=342
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